Con 24 años, el pelo un poco largo y lamentablemente cortado en bohemio estilo libro, siempre un paquete de Lucky en el bolsillo y la bufanda doblada sobre el cuello, con los pasos perdidos entre tertulias y programas de madrugada donde recitábamos nuestros primeros poemas, y donde conocí al bueno de Manolo Gerena, enorme cantante de flamenco que llevaba uno de los primeros móviles que vi; una inmensa y pesada maleta que además de pesar lo suyo, valía un dineral. Mañanas trabajando en MRW para pagar la edición de mi primer libro, tardes de Facultad y revoluciones. Un tiempo en el que me aferraba a mi pluma Montblanc renegando de aquellos primeros ordenadores que empezaban a surgir y que, decían, serían el futuro mientras yo seguía golpeando mi vieja Olivetti Lettera 40 que dejaba un perfecto sonido en madrugadas de gin-tonic y restos de humo y sueños. Mi habitación comenzaba a llenarse de demasiados libros para el gusto de mi madre que señalaba la biblioteca para evitar tanta “aglomeración”.
Era el tiempo analógico. El ámbito sentimental de lo físico. El mal entendido sentimentalismo del apego al objeto y el placer del papel y el paseo de la tinta y el sonido del tocadiscos o la cinta de aquel viejo radiocasete con el que pasaba horas escuchando a Leonard Cohen.
El pasado viernes 13 de enero de este 2012, ya bien metidos en el siglo XXI, escuchaba las palabras de Nicolás Negroponte del que me leí el primer libro sobre el futuro digital allá por los años 90, casi obligado por los trabajos de la Facultad y que me hizo comenzar a interesarme por un nuevo mundo que, al parecer, se avecinaba y que a mí, poeta en ciernes y aprendiz de escritor me parecía lejano y casi de ciencia ficción.
20 años después, me veía sentado en el Palacio de Congresos y Exposiciones de Granada, admirando a Negroponte, twiteando con mi flamante Samsung Galaxy donde llevo toda la oficina, leo toda la prensa, escucho la radio y veo la televisión y alguna que otra película. Siempre en permanente conexión con el mundo a través de esta ventana.
20 años después llevo en el bolsillo un aparato que me hace más libre y más igual por disponer del mismo acceso a la formación y a la información que el más potentado de los potentados.
Cuando Nicolás Negroponte hablaba en el encuentro de Dinamizadores 2012 de la Red Guadalinfo, yo, sentado al final del salón del Palacio, sentía que gracias a la innovación era más libre incluso que en aquellos juveniles años de bohemia.
Tengo 45 años, soy lo que se ha venido en llamar un inmigrante digital, pero un inmigrante abierto al futuro y a la esperanza de ver cómo, a través de iniciativas como la Red Guadalinfo, o todas aquellas que se llevan a cabo desde la Junta de Andalucía, vamos construyendo una sociedad más justa y solidaria.
Twitter, Facebbok, Flickr, Linkedin y demás herrramientas nos proveen de un infinito poder de ser lo que siempre hemos deseado ser y tener; el mundo en el bolsillo mientras podemos caminar por la vida como Antonio Machado: ligeros de equipaje.